Acerca de los efectos negativos del estrés sobre nuestro ADN y una forma sencilla de minimizarlos

En un artículo aparecido en la revista Nature de este mes, científicos de la Universidad de Duke, Estados Unidos, explican el mecanismo por el cual el estrés al que está sometido una persona gatilla una serie de efectos que terminan por dañar nuestro código genético (ADN). Esos daños se pueden traducir, entre otras cosas, en la formación de tumores, la despigmentación del cabello (aparecimiento de canas), la creación de espermios con fallas genéticas, y otros problemas. Hasta ahora se tenían nociones de los efectos adversos que el estrés provocaba en nuestro cuerpo. Hoy, con ese artículo, lo sabemos a ciencia cierta.

Esto no pasaría de ser uno más de los hallazgos que permanentemente se producen en las diversas disciplinas científicas si no fuera porque el estrés nos afecta directamente: es uno de los “males de nuestros días”. Prácticamente a diario estamos sometidos a cambios, exigencias y desafíos físicos en intelectuales en los diversos ámbitos de nuestras vidas: la familia, el trabajo, las relaciones sociales, etc. Cuando estas situaciones que nos demandan un esfuerzo extra a lo que estamos acostumbrados o del que somos capaces se mantienen en el tiempo, se convierten en problemas para la salud física y mental.

En Chile, según datos del Ministerio de Salud, un 8,8% de la población refiere una sensación de estrés permanente, y un 62% de la población refiere haber estado expuesta a situaciones estresantes durante el último año.

De hecho, basta con circular un rato por nuestras calles para darnos cuenta de que en general la gente anda irritable, no conversa con otros en la vía pública, reclaman a bocinazos o gritos ante la menor situación que los moleste, no respetan el espacio de los demás, etc.

Si tú has sentido últimamente que andas irritable, que te enojas con mayor facilidad que lo habitual; que tienes la boca y la garganta secas; que te cuesta concentrarte o que te quedas “pegado” en situaciones que antes no te habrían parecido problemáticas; si te asustas fácilmente con cualquier ruido no habitual; si aprietas mucho los dientes al dormir o durante el día; si no logras quedarte sentado durante unos minutos en un lugar, o que tienes un exceso o falta de apetito, hay una gran probabilidad de que te encuentres dentro del porcentaje de chilenos que están viviendo actualmente una situación de estrés.

La buena noticia es que tenemos una solución a nuestro alcance: ¡la bicicleta!

Por todos es conocido que la actividad física es una de las herramientas que no puede faltar en cualquier tratamiento que se diseñe para disminuir los niveles de estrés en las personas. Esto se debe a que al realizar una actividad física se producen “endorfinas” (llamadas también “hormonas del bienestar”) que son liberadas y distribuidas al sistema nervioso central. Las endorfinas tienen el efecto directo de producir en la persona una mejora en el ánimo y de servir como control del estrés.

Andar en bicicleta puede ser más beneficioso (en términos de mejorar el estado anímico) que otras formas de actividad física pues, a diferencia de caminar y trotar, incorpora tanto actividad aeróbica como anaeróbica de forma natural: al mover los músculos de las piernas con el pedaleo se producen efectos aeróbicos, mientras que el afirmarse y tirar o sostener el peso en el manubrio induce efectos anaeróbicos. Si bien se menciona frecuentemente en la literatura científica que son los efectos aeróbicos los que tienen mejores beneficios psicológicos, recientemente se ha encontrado también que la actividad anaeróbica tiene efectos positivos sobre el estado de ánimo de las personas.

Por lo tanto, es la combinación de ambos efectos en una única actividad la que resalta los beneficios de andar en bicicleta por sobre otras formas de actividad física.

Entonces, si andas en bicicleta puedes disfrutar de los efectos positivos que se van generando en tu ánimo y actitud, al mismo tiempo que previenes otras enfermedades cardiovasculares y el deterioro cognitivo.

Pero eso no es todo. Cuando andas de mejor ánimo, puedes disfrutar de tu entorno, de la relación con las demás personas y de los pequeños detalles que van ocurriendo a tu alrededor mientras pedaleas. Eso genera un círculo virtuoso, pues al darte tiempo para disfrutar de esas cosas cotidianas estás al mismo tiempo mejorando tu estado de ánimo, y así sucesivamente.

Y para eso no necesitas entregarle al pedaleo “tiempo extra” dentro de tu rutina diaria. Basta con que empieces a moverte en bici para trasladarte a los lugares a los que vas habitualmente (ir al almacén de tu barrio, a visitar amigos, al banco, etc.) y sentirás sus beneficiosos efectos casi de inmediato.

¡Muy pronto no querrás bajarte de ella mientras te trasladas sonriente por la ciudad!

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